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domingo, 26 de septiembre de 2010

Obertura de La Cenerentola

Si tomamos las cosas por el lado del tiempo, Rossini es lo más opuesto que podamos imaginar a Janácek. Si este último tuvo una eclosión de creatividad a partir de los sesenta años, Rossini dejó de componer óperas a los treinta y siete años, y desde ese momento hata su muerte, a los setenta y seis años (¡casi cuarenta años!) se dedicó a llevar una vida de bon vivant y de gourmet (ahí están los famosos canelones que llevan su nombre como testimonio). Su situación financiera lo permitía y además contaba con el invaluable consejo de Alejandro Aguado, del cual hablamos en la entrada anterior.

Para ese entonces vivía en París. La Cenerentola fue escrita en Italia, en el período más fecundo de su vida, en 1817, el año siguiente al del estreno del El Barbero de Sevilla, su ópera cómica más famosa. Acá podemos escuchar la obertura, que ya nos pone en ese chispeante clima de comedia, por orquesta del Met de Nueva York bajo la dirección de Maurizio Benini.

viernes, 24 de septiembre de 2010

La Cenerentola - Don Magnifico

En la ópera La Cenerentola no hay madrastra, como en el cuento de Charles Perraul, sino un padrastro, Don Magnifico, que sólo piensa en casar a alguna de sus dos hijas y poder así salvar su muy comprometida situación financiera. La herencia de su hijastra ya la dilapidó. Acá escuchamos un aria del segundo acto en la "magnífica" interpretación de Enzo Dara.

DON MAGNÍFICO: Yo he jugado con las dos y venceré sea cual sea la elección.Entre las dos él no escapará;¡Ah!, veréis, veréis,hijas benditas,¡cómo se hablará de mí en los periódicos! Es el momento oportunopara ponernos en pie. Lo sabéis, estoy endeudado.Hipotecado a vender mis botas a la criada.Pero la vida continúa y ¡se me agobiará con súplicas! Mi único deseo como padre es este,que redactéis la petición a mi modo.Nos entenderemos entre nosotros;hijas de mis entrañas, en vosotras confío.Cualquiera que sea la hijaque en breve accederá al trono,¡ah! no dejéis abandonadoa un magnífico papá.Ya me veo a éste o aquélllevándoseme a un rincón,y, quitándose el sombrero,comenzar: Señor barón,¿a su real hijallevaría un memorándum?Tenga: para chocolate,y un doblón bien acuñadome desliza mientras tanto.Yo contesto: Pues sí, veremos.¿Es de peso? Hablaremos.A palacio podéis entrar.Ahora cambio: y agradabletoda olores, toda pomadas,ante mi se inclina una jovencon suspiros y cumplidos:¡Baroncín! No os olvidéisdel asunto y ya me entendéis...Sin dinero habla a los sordos.La manita al pronto extiende,deja caer una piastra.Yo, galante: ¡Bellos ojillos!¡Ah! ¡Qué no haría yo por vos!¡Yo deseo contentaros!Me despierto a mediodía:apenas hago sonar la campanilla,y ya veo en torno al lecho un montón de suplicantes: éste pide protección; aquél que un entuerto enderece; uno querría un trabajito, otro una cátedra y es un borrico, uno la exclusiva de la aguja, otro de la pesca de la anguila, y entretanto en todas partes me inundarán y atiborrarán de memorias y peticiones, de gallinas, de esturiones, de botellas, de brocados, de candelas y escabeche, de buñuelos y pasteles, de confituras, de confites, de piastras, de doblones, de vainilla y de café. Basta, basta: no traigáis más: acabad: ¡marchad!Cierro puertas con cadenas: inoportunos, enojosos, fuera, fuera, alejaos. Pronto, pronto, fuera de aquí.

DON MAGNÍFICOYo he jugado con las dos y venceré sea cual sea la elección.Entre las dos él no escapará;¡Ah!, veréis, veréis,hijas benditas,¡cómo se hablará de mí en los periódicos! Es el momento oportunopara ponernos en pie. Lo sabéis, estoy endeudado.Hipotecado a vender mis botas a la criada.Pero la vida continúa y ¡se me agobiará con súplicas! Mi único deseo como padre es este,que redactéis la petición a mi modo.Nos entenderemos entre nosotros;hijas de mis entrañas, en vosotras confío.Cualquiera que sea la hijaque en breve accederá al trono,¡ah! no dejéis abandonadoa un magnífico papá.Ya me veo a éste o aquélllevándoseme a un rincón,y, quitándose el sombrero,comenzar: Señor barón,¿a su real hijallevaría un memorándum?Tenga: para chocolate,y un doblón bien acuñadome desliza mientras tanto.Yo contesto: Pues sí, veremos.¿Es de peso? Hablaremos.A palacio podéis entrar.Ahora cambio: y agradabletoda olores, toda pomadas,ante mi se inclina una jovencon suspiros y cumplidos:¡Baroncín! No os olvidéisdel asunto y ya me entendéis...Sin dinero habla a los sordos.La manita al pronto extiende,deja caer una piastra.Yo, galante: ¡Bellos ojillos!¡Ah! ¡Qué no haría yo por vos!¡Yo deseo contentaros!Me despierto a mediodía:apenas hago sonar la campanilla,y ya veo en torno al lecho un montón de suplicantes: éste pide protección; aquél que un entuerto enderece; uno querría un trabajito, otro una cátedra y es un borrico, uno la exclusiva de la aguja, otro de la pesca de la anguila, y entretanto en todas partes me inundarán y atiborrarán de memorias y peticiones, de gallinas, de esturiones, de botellas, de brocados, de candelas y escabeche, de buñuelos y pasteles, de confituras, de confites, de piastras, de doblones, de vainilla y de café. Basta, basta: no traigáis más: acabad: ¡marchad!Cierro puertas con cadenas: inoportunos, enojosos, fuera, fuera, alejaos. Pronto, pronto, fuera de aquí.DON MAGNÍFICO: Yo he jugado con las dos y venceré sea cual sea la elección.Entre las dos él no escapará;¡Ah!, veréis, veréis,hijas benditas,¡cómo se hablará de mí en los periódicos! Es el momento oportunopara ponernos en pie. Lo sabéis, estoy endeudado.Hipotecado a vender mis botas a la criada.Pero la vida continúa y ¡se me agobiará con súplicas! Mi único deseo como padre es este,que redactéis la petición a mi modo.Nos entenderemos entre nosotros;hijas de mis entrañas, en vosotras confío.Cualquiera que sea la hijaque en breve accederá al trono,¡ah! no dejéis abandonadoa un magnífico papá.Ya me veo a éste o aquélllevándoseme a un rincón,y, quitándose el sombrero,comenzar: Señor barón,¿a su real hijallevaría un memorándum?Tenga: para chocolate,y un doblón bien acuñadome desliza mientras tanto.Yo contesto: Pues sí, veremos.¿Es de peso? Hablaremos.A palacio podéis entrar.Ahora cambio: y agradabletoda olores, toda pomadas,ante mi se inclina una jovencon suspiros y cumplidos:¡Baroncín! No os olvidéisdel asunto y ya me entendéis...Sin dinero habla a los sordos.La manita al pronto extiende,deja caer una piastra.Yo, galante: ¡Bellos ojillos!¡Ah! ¡Qué no haría yo por vos!¡Yo deseo contentaros!Me despierto a mediodía:apenas hago sonar la campanilla,y ya veo en torno al lecho un montón de suplicantes: éste pide protección; aquél que un entuerto enderece; uno querría un trabajito, otro una cátedra y es un borrico, uno la exclusiva de la aguja, otro de la pesca de la anguila, y entretanto en todas partes me inundarán y atiborrarán de memorias y peticiones, de gallinas, de esturiones, de botellas, de brocados, de candelas y escabeche, de buñuelos y pasteles, de confituras, de confites, de piastras, de doblones, de vainilla y de café. Basta, basta: no traigáis más: acabad: ¡marchad!Cierro puertas con cadenas: inoportunos, enojosos, fuera, fuera, alejaos. Pronto, pronto, fuera de aquí.